Revelaciones Angelicales - el Evangelio revelado nuevamente por Jesús



 
 
76 Sermones Del Antiguo Testamento De La Biblia


Jeremías

 

40: El abolengo de Jeremías durante el reinado de Saúl y David

41: La niñez de Jeremías en Anathoth

42: El llamado de Jeremías como profeta de Dios

43: Los primeros sermones de Jeremías

44: Jeremías en Jerusalén

45: Jeremías bajo juicio en el Templo

46: La concepción de Jeremías de un mundo moral

47: El ardor en el corazón del profeta

48: Baruch y el libro del profeta

49: Jeremías ataca daños sociales en Judea

50: La carta de Jeremías para los Judíos en Babilonia

51: Jeremías y la Nueva Alianza

52: Las tribulaciones de Jeremías como profeta anti-guerra

53: El ideal democrático de Jeremías

 


 
 

 

40: El abolengo de Jeremías durante el reinado de Saúl y David

 

Recibido el 16 de Julio de 1960

Yo estoy aquí, Jesús

Jeremías es uno de los más importantes profetas, tal vez incluso el más grande, que Dios pudo utilizar para la elevación social y religiosa de Su pueblo, en los siglos de avance lento para Judá. Provino de una larga línea de sacerdotes rurales, que adoptaban todos los atavíos asociados con los antiguos santuarios rurales, pero quienes, con todo, permanecían firmes como una roca en su fe y en el culto de Jehová. Estos sacerdotes podían ver atrás a su ancestro, Ahimelech, quien en el reinado del Rey Saúl, se hizo amigo de David, cuando el joven fugitivo del monarca infeliz buscó alimento y cobijo en el pequeño templo de la aldea Israelita de Nob. Ahimelech, el sumo sacerdote allá, les dio a David y sus hombres el viejo pan tomado del altar, cuando la nueva provisión de pan se ofrecía en oración a Dios.

Ahora, David, quien junto con sus amigos, en ese tiempo, estaba desesperadamente hambriento, le dijo a Ahimelech, que se encontraba en una misión al servicio de Saúl, y no que era un fugitivo de la ira del rey, y así, la acción del sacerdote, de distribuir el pan, sucedió por cariño, y nunca se le ocurrió dudar de la palabra de David, porque su alma era pura, y por encima del nivel de aberraciones materiales; sin embargo, un pastor Edomita, por malicia contra un servidor del Señor, y con la esperanza de una recompensa por su información, al instante se dirigió a Saúl, y acusó a Ahimelech de traición, por su ayuda prestada a David. El rey furioso ordenó, que 85 de los sacerdotes se presentasen en su palacio en Hebrón, y los mandó a asesinar en la corte a mano del mismo Edomita.

Una persona se escapó de esta acción repulsiva, Abiathar, el hijo de Ahimelech; y a través de Abiathar sucedió, que Jeremías descendía de este sacerdote amable, quien así había caído víctima a las mentes y almas obscuras de Judá del siglo décimo a. C.

Ahora, Abiathar, un joven de cerca de veinte años de edad, consciente de que él debía buscar seguridad, escondiéndose de los soldados de Saúl, se asoció con David y sus hombres, que pronto crecían para formar una pandilla de unos seiscientos forajidos. Como era natural, Abiathar sirvió como sacerdote para esta multitud. Les siguió en la batalla, en sus proezas, en las aventuras, y llegó a ser el sacerdote principal del país, cuando ocurrieron los eventos, que llevaron a David a ser el regente de Israel. Con el tiempo, sus deberes para el gran reino de David exigieron un asistente, y un hombre más joven, Zadok, fue nombrado. Ahora, Zadok tenía la ambición de llegar a ser el sacerdote principal, y Bath-sheba, y un cierto grupo con ella, le prometieron esa promoción, si él les ayudaría en un plan, para colocar al hijo de ella, Salomón, en el trono de Israel, en lugar de Abiathar, el hijo mayor sobreviviente de David. Bath-sheba, Zadok y ese grupo se acercaron silenciosamente al galante rey anciano, cuando estaba a punto de pasar al mundo de los espíritus, y, en su debilidad de mente y voluntad, fue empujado virtualmente para asentir a la ascensión de Salomón al trono, e inmediatamente después, ellos ungieron a Salomón como el rey con una prisa indecorosa y, podría decirse, indecente, ni siquiera esperando, hasta que muriera David.

El nuevo monarca, cumpliendo su promesa, ordenó quitar a Abiathar del servicio sacerdotal y desterrarlo de Jerusalén, declarando a Abiathar merecedor de la muerte, pero perdonándole la vida al anciano sacerdote, por respeto a su padre, el Rey David. Con los recuerdos de la muerte de su propio padre a manos de otro monarca, Saúl, Abiathar, asqueado y desconsolado, regresó con su familia a su aldea de Nob, la que encontró en ruinas, y construyó una casa encima un pequeño lote de terreno, justo al norte del pueblo, que había pertenecido a su padre. Poco a poco, su familia crecía con los años, y una aldea se formaba, llamada Anathoth. La gente regresaba a la vocación de los antepasados como sacerdotes, confiando más en la Bondad y Misericordia de Dios, que en los corazones depravados de reyes y regentes temporales, y sobrevivía la destrucción de la aldea en 701 a. C., en la época cuando los Asirios avanzaban contra Jerusalén. Y así sucedió, que Jeremías, hijo de Hilcías, el sacerdote, nació en el año 649 a. C., alrededor del tiempo cuando el peor rey de Judá, Manasés, trató con una barbarie sin paralelos, de estrujar de los corazones y mentes del pueblo el amor y recuerdo del Señor Dios de Israel. (2 Reyes 21:11,17)

Parecía, según las circunstancias, que Jeremías ben Hilcías sería destinado a seguir las huellas de sus piadosos ancestros, y llegar a ser un sacerdote en el servicio de un altar de Dios, en la pequeña aldea de Anathoth, solamente tres millas al norte de Jerusalén, viviendo una vida tranquila sin acontecimientos, y sumergida en los asuntos, que prevalecían en la tierra, como ellos se desarrollaban en aquellos días y en aquella zona del mundo. Pero el historial y la personalidad de Jeremías decretaron algo diferente, porque el corazón de Jeremías, el país y la historia eran de una naturaleza, que Dios opinó que podía utilizarle como el portaantorcha de la verdadera religión Hebraica de justicia y misericordia, de principios democráticos e igualdad para todos, como un guía para un pueblo conquistado y exilado, y como la esperanza para un remanente regresado, para reparar y reconstruir, a fin de establecer una casa ideal para los Hebreos, en un reino ideal de rectitud y relación ética entre los hombres, como hermanos en la sangre, y como los hijos de Dios, y por fin como la Promesa de Dios, que en la plenitud del tiempo, Él quitaría a Israel el corazón duro como piedra de lucro y mal, y derramaría sobre ellos Su propio Espíritu de Amor y Misericordia.

Jeremías mismo, incluso como niño joven, conocía que él estaría en el servicio de Dios, no como un sacerdote aldeano, sino como Su profeta. En su libro, que escribió y editó más tarde en su vida, él nos cuenta de su llamado por Dios: "Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que salieses de la matriz te santifiqué, te di por profeta a las gentes." (Jeremías 1: 5) Había muchos teólogos, que tomaban estas palabras para sustentar afirmaciones de un nacimiento virginal para mí, Jesús, pero si lees cuidadosamente, te darás cuenta, de que Jeremías, como él me lo contó, sencillamente quiso decir, que Dios conoce las almas de sus seres creados, antes de que ellos encarnen a través de la concepción, y que al alma de Jeremías, le había sido encargado por Dios ser Su profeta, o ser Su Instrumento en la tierra, para señalar el camino a la Rectitud y Misericordia de Dios.

Jesús de la Biblia
y
Maestro de los Cielos Celestiales

 

 


 

 

41: La niñez de Jeremías en Anathoth

 

Recibido el 16 de Julio de 1960

Yo estoy aquí, Jesús

Te puede parecer extraño, pero hubo cierta relación entre Jeremías y José, quien, incluso como un pequeño niño, sabía que era un hombre según el propio corazón de Dios, y quien, relatando estas cosas a sus hermanos, atrajo su celo y se separó de los demás, por lo que ellos le botaron en un pozo seco, y le vendieron en la esclavitud en Egipto. Los niños de Anathoth le eran hostiles a Jeremías, por sus palabras de cercanía con el Padre; ellos no podían comprenderlo, y lo resentían, y Jeremías, de su parte, en lugar de jugar con estos niños, tomaba placer, más bien, en la lectura de los profetas, y estudiaba las enseñanzas de Amós, Oseas, Isaías y Miqueas, y las obras de Samuel, Elías y Eliseo, aprendiendo de ellos tanto las demandas de justicia, rectitud y misericordia, como el profundo significado del Amor Divino de Dios por Su pueblo, que ellos, como profetas de Dios y voceros de Su Voluntad, habían destacado e insistido, como la manera de conocer a Dios.

Jeremías a veces también visitó los lugares, dónde estos profetas habían hablado. Jerusalén, dónde Isaías había predicado en el mercado y en las puertas, estaba solamente tres millas al sudoeste. La casa de Samuel se encontraba tres millas al noroeste de Anathoth, y Elías y Eliseo habían realizado su obra en Efraín, en la orilla del este del Jordán, también hacia el norte. Así, se combinaba en Jeremías una alma sensible para la cercanía de Dios, y para la Voluntad de Dios, como los profetas Hebreos la habían conocido y expresado, y para la era de la historia, que había producido a los mismos profetas. Él conocía, además, que estos profetas habían sufrido por su fe en Dios y su posición sin compromisos, que Sus Mandamientos tenían que obedecerse, y sintió que esto sucedería también con él.

Como muchacho joven, Jeremías pasaba parte de su tiempo, cuando no estudiaba, familiarizándose con la región, en donde vivía. Tomó gran interés en las aves y los animales, habiendo compasión con ellos, que provenía de su alma sensible y su consideración para las formas de vida, que el Padre había creado; él aprendía las costumbres de las bestias salvajes, como las del león y del lobo, que poblaban el valle del Jordán, de los animales menores, que vivían en el país montañoso hacia el norte, también de las cabras, vacas y gallinas de las granjas. El amor de Jeremías por la naturaleza y los animales, y especialmente las aves de su campiña, es sin precedente en las Escrituras.

Jeremías mismo me contó, que el lío que experimentaba con su familia, se debía al hecho, de que ellos insistían en su preparación como sacerdote de Anathoth, una vocación que él detestaba. Para él, ese sacerdocio significaba sacrificios rituales, y la matanza de corderos y otros animales, de la manera prescrita por los ritos depravados, reintroducidos por Manasés, con símbolos fálicos y Ashera y otros retrocesos a las prácticas de fertilidad de los Canaaneos, carnales y repugnantes. Posteriormente, él describió los mismos ritos en el lenguaje áspero que provocaban.

Con su respeto por la vida animal, y con las protestas de los profetas antiguos en mente, contra sacrificios conducidos a la manera de los paganos por sacerdotes corruptos, y con profunda perspicacia en la Naturaleza de Dios como un Dios de Justicia y Misericordia, él se rehusó a llegar a ser un sacerdote de un "alto lugar" local, como sus padres lo exigían. El resultado fue, que ellos pensaban, que él era un apóstata contra Dios, y sus vecinos estaban también muy airados contra él, por su "perversidad" al tratar de romper con los patrones establecidos para las cosas en la aldea.

En todo esto, sin embargo, debemos recordar que, cuando Jeremías llegó a la adolescencia, los ritos de todos los altares del país habían sido asquerosamente depravados por órdenes del Rey, Manasés, por lo que, como hemos visto, el culto religioso era poco más que los ritos Canaaneos de fertilidad. A esto, Jeremías, fiel al culto de Dios en el espíritu Hebreo de Ezequías, jamás podía consentir, y como resultado, él llegó a ser virtualmente un paria en su propia aldea. Perdió la única mujer, a quien realmente amaba en su vida, porque sus padres no asentían al matrimonio con este rebelde, y más tarde, escribió acerca de este lío en Anathoth: "He dejado mi casa, desamparé mi heredad, entregado he lo que amaba mi alma en manos de sus enemigos." (Jeremías 12:7)

A decir verdad, aquellos que preferían el culto más espiritual de Jehová, como Jeremías lo hacía, eran perseguidos por Manasés, y por los sacerdotes de los lugares altos, como aquellos de Anathoth, y uno no se sorprende tanto al averiguar, que tramaron una conspiración para envenenarle, lo que, como se descubrió, provenía de su propia familia y de sus vecinos; "y yo como cordero inocente que llevan a degollar, pues no entendía que maquinaban contra mí designios, diciendo: Destruyamos el árbol con su fruto, y cortémoslo de la tierra de los vivientes, y no haya más memoria de su nombre." (Jeremías 11:19) Pero Jeremías escapó de la mano de su familia inflexible, y de la mano de los vecinos hostiles, y vio la muerte de Manasés en 638 a. C. y la de su hijo, Amón, dos años más tarde, y el reinado del Rey niño Josías, que, después de una administración de diez años, comenzó a reinar él mismo, en 636 a. C.

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y
Maestro de los Cielos Celestiales

 

 


 

 

42: El llamado de Jeremías como profeta de Dios

 

Recibido el 17 de Julio de 1960

Yo estoy aquí, Jesús

Cerca de aquel tiempo, los nómadas del norte, los Escitas, un pueblo del sudoeste de Rusia, comenzaron con sus horripilantes incursiones en el país de Israel, y Jeremías, como Sofonías, sintió el llamado para profetizar en el Nombre de Dios. Jeremías nos cuenta, que fue el decimotercer año del reinado de Josías, es decir, el año 623 a. C., cuando Jeremías llegó a 27 años de edad. Aquel año había estado lleno de problemas para el profeta en su vida amorosa, y él sintió que había sido nombrado para esta complicación por Dios con una novia potencial, como Dios había tenido sus problemas con Israel, Su novia, como Oseas lo había expresado. Fue uno de los motivos, por los que Jeremías nunca se casó, como pensaba que, lo que había tenido validez para Oseas, también era, de cierta manera, aplicable para él. También pensaba, que los Escitas destrozarían y destruirían Judá, y, en el terror, que agarraba a la gente por todos lados, que el tiempo para su inicio como profeta de Dios había llegado. Vaciló durante considerable tiempo, hasta que observó un almendro, que había comenzado a florecer, y se dio cuenta, de que todo tenía que pasar en la plenitud de tiempo, y que el tiempo estaba ahora maduro para él, para que levantase su voz, como Dios le dictaría. Para su página inicial, la que nos narra su llamado, tenía el recurso de Isaías, pero hizo unos interesantes cambios; No existen metáforas, y ninguna referencia a la impureza, o el ser purificado por una brasa viva en la mano de un Seraf; en su lugar, él es convertido de un "niño" en un mensajero de Dios, que toca su boca con Su Mano, y le asegura la Protección de Dios. Esta es la primera mención de un contacto directo de Dios con un mortal; es, por supuesto, sólo figurativo, porque Dios no tiene "Mano" en el sentido, como humanos o espíritus se lo imaginan, pero demuestra lo cercano que Jeremías se sintió a la Deidad:

Y díjome el Señor: No digas, soy niño;

porque a todo lo que te enviaré irás tú,

y dirás todo lo que te mandaré.

No temas delante de ellos, porque contigo soy para librarte, dice el Señor.

Y extendió el Señor su mano, y tocó sobre mi boca;

y díjome el Señor: He aquí he puesto mis palabras en tu boca.

(Jeremías 1:7–9)

Estas palabras eran muy importantes para Jeremías, para llevar a cabo los designios del Padre, en vista que sus primeros sermones atacaron los abusos de los ritos de sacrificios, los que, tanto su familia y sus vecinos en Anathoth, como lugares locales por toda Judá y Israel del período post-exílico, adoptaban y practicaban como parte de su religión. Él vio el avance de los despiadados Escitas como la mano de Dios, levantada para caer encima de Su pueblo, por su continua adhesión al paganismo de Manasés y Amón.

Ahora, Manasés y Amón habían transformado la religión en Jerusalén en un idéntico infierno de ritos paganos. El culto de Moloch, popularizado por Acaz en los días de Isaías, llegó a ser la práctica aceptada. Esto significaba sacrificios humanos, esa terrible abominación en los Ojos de Dios, que había sido practicada en los días del crepúsculo de pasados milenios, cuando el hombre luchaba por desarrollar un orden superior de concepto religioso, que aquel del naturalismo bárbaro y sus horribles supersticiones. El hijo primogénito era llevado al Valle de Hinnom, al sudoeste de Jerusalén, y quemado vivo en los brazos del ídolo, los que previamente se habían calentado al rojo vivo. Para hacer las cosas detestables hasta el extremo, este Moloch era una corrupción del nombre Melech, lo que significaba rey, y había aquellos, que creían que esta abominación se practicaba así, para servir a Dios. Otras formas de paganismo, encontradas en ese entonces, gracias a la energía perniciosa de Manasés, pero las que palidecen frente al sacrificio humano, eran el culto de las deidades Asirias — lshtar, reina del cielo; y Tammuz; jardines de Adonis, y el llamado dios que muere — y el culto de las luminarias celestiales, sagrada prostitución del templo, adivinanza del futuro y astrología. Todas aquellas personas en Jerusalén y en otras partes, que se resistían a esas prácticas, tenían que hacerlo clandestinamente, y en privado, pero había un núcleo de esa gente a lo largo del país, y Jeremías era uno de ellos.

Ahora aconteció, que Josías llegó a la mayoría de edad como rey en 625 a. C., con sus 18 años, y un evento tuvo lugar que, después de poco tiempo, posibilitó a Jeremías, que predicara la reforma de los sacrificios rituales por cierto tiempo, sin que le asesinaran — y esto fue el misterioso hallazgo del Libro de Deuteronomio. Tal vez vale mencionar, de paso, que ese año coincidía con el fallecimiento de Ashurbanipal, el monarca Asirio, cuando señales de deterioración estaban aparentes en ese imperio, y se pensaba, que el tiempo para una gran reforma a favor de la religión Hebrea genuina había llegado.

El sumo sacerdote en aquella época, Hilcías (no el padre de Jeremías), encontró en la caja de colectas, localizada en la puerta del Templo, un rollo supuestamente escrito por Moisés. No era así, desde luego, habiendo sido escrito y redactado por una comisión de ancianos piadosos de Jerusalén, que se empeñaban mucho por la eliminación de los ritos idolatras, en favor del verdadero culto Hebreo de Dios, junto con las leyes tratando con el comportamiento social, para que la gente poderosa no pudiese, por su posición, obstaculizar la justicia. El Libro de Deuteronomio es, por tanto, un gran documento humanitario, y solamente en el aspecto puramente doctrinal llegó a ser rígido.

Ahora, esta comisión estaba consciente, de que Josías iba a acumular dinero, para la reparación del Templo, y así, ellos dejaron su rollo clandestinamente, dónde ellos sabían que sería encontrado. Hilcías entregó el rollo a Saphán, el escriba, que lo leyó, y él lo presentó al rey. Josías fue grandemente conmovido, y averiguó de una mujer religiosa, Hulda, que era la nuera de Ticva, cuyo padre, Araas, era el guardián del vestuario, y un miembro de la comisión. Hulda, quien simpatizaba con el movimiento de reforma, conocía exactamente, lo que tenía que decir: ella entregó una profecía de desastre a Judá, en el Nombre de Dios, porque el pueblo había abandonado al Señor, y había ofrecido sacrificios a otros dioses. Pero en lo relacionado con Josías, ya que su corazón era tierno, y se había humillado ante el Señor, él moriría en paz, y no vería todo el mal, que Él traería sobre Judá. Es interesante observar, que Josías fue muerto por el Faraón Nechao en Megiddo en 608 a. C., antes de la victoria de los Babilonios en 596 a. C., y antes de la destrucción del Templo y el exilio.

La Biblia nos cuenta, que Josías reinó 31 años, pero esto es una equivocación por tres años; reinó 28 años, y tenía tan sólo 36 años de edad, cuando encontró su muerte. Josías, por lo tanto, murió antes de que los Babilonios vinieran para destruir Jerusalén, y así, Hulda tenía cierta noción de su muerte temprana; ¿cómo?, eso no podía decir; ella pensaba que podía suceder por una enfermedad; tampoco podía prever el avance de los Egipcios a través de Judá para ayudar Asiria, ni la derrota del Faraón Nechao por Nabucodonosor en Carchemis en 605 a. C., ni la servidumbre de Judá como un vasallo de los Babilonios.

Jesús de la Biblia
y
Maestro de los Cielos Celestiales

 

 


 

 

43: Los primeros sermones de Jeremías

 

Recibido el 18 de Julio de 1960

Yo estoy aquí, Jesús

Ahora, cuando Jeremías comenzó a predicar, la reforma de Josías ya había avanzado por más de dos años. Pero si bien Jerusalén misma, con sus ardientes reformadores en la ciudad, daba la bienvenida a los cambios, en su mayoría, los sacerdotes rurales estaban reacios de implementar los dictámenes de Josías. Perdieron su importancia como sacerdotes locales, y también sus ingresos, y llegaron a servir en puestos inferiores del Templo de Jerusalén. Al mismo tiempo, los ganaderos comenzaban a ganarse una buena vida, vendiendo sus bueyes, ovejas y otros animales al Templo para propósitos rituales, y Jeremías era uno de los mismos. No es que él fuese un pastor, sino un comerciante, y estaba muy enterado del negocio y del comercio. Qué bien que estaba versado en los términos legales, puede verse en el documento, conservado en el Libro de Jeremías 32:7–17, cuando compró una propiedad de su sobrino en Anathoth, en el momento, cuando los Babilonios estaban agrediendo Judá.

Jeremías así comenzó a predicar bajo la influencia de la reforma de Josías — la destrucción del mal del culto para falsos dioses, y las prácticas inmorales asociadas con el mismo. Como Oseas, el se refiere a Israel como la novia:

Heme acordado de ti, de la misericordia de tu mocedad,

del amor de tu desposorio,

cuando andabas en pos de mí en el desierto [...]

Santidad era Israel al Señor,

primicias de sus nuevos frutos [...]

(Jeremías 2:2–3)

 Y entonces sigue lamentando:  

Dice el Señor: [...]

Porque dos males ha hecho mi pueblo:

dejáronme a mí, fuente de agua viva,

por cavar para sí cisternas, cisternas rotas que no detienen aguas.

(Jeremías 2:13)

Jeremías quiso decir, que el pueblo había abandonado al Dios Viviente por ídolos. Utilicé esta comparación de Dios, o "fuente de agua viva," en mi propia prédica, cuando vine a Palestina para anunciar las buenas nuevas del Amor del Padre. Utilicé otro material escrito por Jeremías, porque lo que él dijo era verdadero y aplicable para mi propia enseñanza.

Del mismo modo, Jeremías utilizó Deuteronomio en su insistencia, en que el creyente en Dios no necesita tener miedo al actuar o enfrentarse con problemas, porque Dios estaba con él. Deuteronomio 1:21 pone las palabras en la boca de Moisés: "Mira, Jehová tu Dios ha dado delante de ti la tierra: sube y posée la, como Jehová el Dios de tus padres te ha dicho; no temas ni desmayes." Y más tarde, en capítulo 1, cuando los exiliados Hebreos temen a los Amoritas, se presenta a Moisés diciendo: "Entonces os dije: No temáis, ni tengáis miedo de ellos. Jehová vuestro Dios, el cual va delante de vosotros, él peleará por vosotros, conforme a todas las cosas que hizo por vosotros en Egipto delante de vuestros ojos" (Deuteronomio 1:29–30) Así, Jeremías cobró ánimo para pronunciarse contra los adoradores de ídolos, y aquellos sacerdotes de ritos depravados, incluso contra su gente en Anathoth, porque tenía fe en Deuteronomio, y en que el Padre le ayudaría en el encuentro con la maldad y su superación. Y Jeremías escribió:

Tú pues, ciñe tus lomos, y te levantarás,

y les hablarás todo lo que te mandaré:

no temas delante de ellos [...]

Y pelearán contra ti,

mas no te vencerán;

porque yo soy contigo, dice el Señor,

para librarte.

(Jeremías 1:17, 19)

Y así Jeremías continuó predicando, apartando los ritos paganos e inmorales, y el culto de los dioses Canaanitas y Asirios, y llama Judá la esposa infiel, jugando la ramera. Así Jeremías tomó la actitud de Oseas hacia Israel como pertinente para Judá, y él vio, como Oseas lo hacía, que Dios era el marido, que amó con Su Amor, a esta esposa desviada: "Mas como la esposa quiebra la fe de su compañero, así prevaricasteis contra mí, oh casa de Israel, dice el Señor." (Jeremías 3: 20)

Y como el marido, que perdona, porque aún ama a su esposa y busca solamente, que ella rectifique sus caminos, para obtener su amor, Jeremías escribió con gran poder: 

Si te has de convertir, oh Israel, dice el Señor,

conviértete a mí; y si quitares de delante de mí

tus abominaciones, no andarás de acá para allá.

Y jurarás, diciendo, Vive el Señor, con verdad, con juicio,

y con justicia: y bendecirse han en él las gentes,

y en él se gloriarán.

(Jeremías 4:1–2)

Pero porque el pueblo no regresaba al Señor, Jeremías declara, ellos y el país serán destruidos. Cuando él escribió primero su diatriba aquí, Jeremías pensó en los Escitas, pero cuando sus incursiones decrecieron, sin saquear Jerusalén, él volvió a escribir sus versos muchos años más tarde, para conformarlos al peligro Babilonio. Como Amós, él encuentra palabras para las mujeres exuberantemente vestidas, y su arte de seducción: 

Y tú, destruída, ¿qué harás?

Bien que te vistas de grana,

aunque te adornes con atavíos de oro,

aunque pintes con antimonio tus ojos,

en vano te engalanas;

(Jeremías 4:30)

 

A medida que Jeremías continuaba conversando con la gente común del mercado, de la calle de los panaderos, en las puertas de la ciudad, y más tarde, cuando él vivió en Jerusalén misma, se concienció cada vez más de una situación, la que, como residente de un pequeño caserío como Anathoth, no había conocido, y que le afectó cada vez más profundamente; la explotación y la trituración de los pobres por la clase sacerdotal y los aristócratas de la ciudad, y el destierro de los desamparados, hacia posiciones inferiores como ciudadanos Hebreos de Judá.

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Maestro de los Cielos Celestiales

 

 


 

 

44: Jeremías en Jerusalén

 

Recibido el 19 de Julio de 1960

Yo estoy aquí, Jesús

Cuando llegamos al capítulo 5, que comienza: "Discurrid por las plazas de Jerusalén," Jeremías había vivido suficiente tiempo en la capital, y había visto lo suficiente, para darse cuenta, de que el culto de falsos dioses por sí mismo no era, lo que suscitaría malas condiciones, para abrumar el país, ni las prácticas horribles que resultaban de ello; sino también el comportamiento inmoral de las clases superiores y más ricas hacia los pisoteados económica y socialmente, y también su vida libertina, la que los Diez Mandamientos habían prohibido expresamente. No obstante, los pobres mismos también tenían culpa, por no hacer justicia, y por no buscar el verdadero camino del Señor: "Discurrid por las plazas de Jerusalén, y mirad ahora, y sabed, y buscad en sus plazas si halláis hombre, si hay alguno que haga juicio, que busque verdad; y yo la perdonaré (la ciudad)." (Jeremías 5: 1)

Esto, por supuesto, se remontó al Génesis 18:32, a la antigua historia, en donde Dios prometió a Abraham, que Sodoma sería perdonada, si se encontraban sólo diez justos en la ciudad. Jeremías comparó Jerusalén con la arruinada ciudad de Sodoma de un modo no muy sutil, y así despertó mucho resentimiento en todos los cuarteles contra sí mismo. Además, cuando el profeta volvió a redactar sus escritos, muchas décadas más tarde, rechazó suprimir o revisar sus palabras — porque, en su profunda sensibilidad por el pecado y la impureza, no pudo encontrar a ni un hombre justo. Más tarde, él se quejó: "Porque desde el más chico de ellos hasta el más grande de ellos, cada uno sigue la avaricia; y desde el profeta hasta el sacerdote, todos son engañadores." (Jeremías 6:13)

Jeremías se sintió indignado especialmente por la infracción de los Mandamientos de adulterio y codicia: 

Saciélos, y adulteraron,

y en casa de ramera se juntaron en compañías.

Como caballos bien hartos fueron a la mañana,

cada cual relinchaba a la mujer de su prójimo.

¿No había de hacer visitación sobre esto? dijo el Señor [...]

(Jeremías 5:7–9)

 Ahora, Jeremías sintió, cuando las estatuas de las diferentes luminarias habían sido destruidas en el Templo y en los lugares altos locales, sin secuelas desastrosas, para señalar que aquel culto estelar era fútil, que el pueblo debía darse cuenta, de que los cuerpos celestiales por sí mismos eran sencillamente creaciones del Padre, y que los hombres debían rendir culto al Creador, y no al producto. Él informó al pueblo, que eran ciegos, si no veían esto. Presenta a Dios diciendo:  

Oid ahora esto, pueblo necio y sin corazón,

que tienen ojos y no ven, que tienen oídos y no oyen:

¿A mí no temeréis? dice el Señor; ¿no os amedrentaréis a mi presencia [...]?

(Jeremías 5:20–22)

En mi propia generación, me sentí como Jeremías, y en algunos sermones utilicé palabras similares, para indicar la falta de comprensión, cuando les revelé la Presencia del Padre en mi alma con el Amor Divino.

Tomó cierto tiempo, para darse cuenta, de que Dios, como Dios de Rectitud y Misericordia, no pudo llamar el Templo de Jerusalén Su casa de oración, si el pueblo, que allí rendía culto, era impuro en el corazón y en la acción. Como he mencionado, el profeta Miqueas, en los días cuando Asiria estaba acercándose, había escrito sobre la destrucción de Jerusalén y del Templo, diciendo: "[...] y Jerusalén será majanos, y el monte de la casa como cumbres de breñal." (Miqueas 3:12)

Jeremías llegó a esta conclusión, y se pronunció contra el Templo, sólo después de muchos años de silencio como profeta. Siguiendo su estallido contra la inmoralidad en los lugares altos, y las injusticias sociales en Jerusalén, había esperado que los Escitas del norte vendrían bajando, y tomarían la ciudad, saqueando y destrozando. Eso no había ocurrido, porque los Escitas viraron hacia el este, en busca de presas más fáciles y más asequibles y, en realidad, después de una generación en miedo, sus incursiones dejaban de ser materia de preocupación. El pueblo, por ello, sintió que Jeremías no había comprobado ser un profeta auténtico, y se negó escucharle, y el hecho es que, con el país seguro contra saqueos y ataques por el enemigo, ya no había necesidad para una voz advirtiendo de desastres. Si Dios lo permitía, ¿cómo pudo Jeremías protestar?

Así Jeremías se calló durante 14 años, negociando en rebaños y ganado para su sustento, y estudiando las leyes Hebreas y los profetas, y también tratando de averiguar, lo que Dios quería de él. Después, una vez más, el desastre de repente fijó su mirada a Judá. En un sermón anterior, me referí al fallecimiento del buen Rey Josías en 608 a. C. a manos del Faraón Nechao, quien había reunido un ejército, y marchó por las carreteras a través de Palestina, para ayudar a los Asirios en su guerra contra los Babilonios. El Faraón solicitó a Josías, que se encontrase con él en una conferencia en Megiddo, dónde él podía apreciar la actitud de Judá hacia la lucha Asiro-Babilonia, y tratar de persuadir a Josías para asociarse con él. Ahora, Josías, bajo la influencia de las prédicas de Isaías contra alianzas con Egipto, rechazó asociarse con el Faraón Nechao contra Babilonia. Enfurecido, y teniendo a Josías en su poder, el Faraón mandó matarle con un flechazo, cuando este salió en su carruaje; Josías murió al alcanzar Jerusalén; el Faraón luego tomó preso al hijo de Josías, Joachaz, y puso a otro hijo, Joacim, en el trono de Judá.

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Maestro de los Cielos Celestiales

 

 


 

 

45: Jeremías bajo juicio en el Templo

 

Recibido el 21 de Julio de 1960

Yo estoy aquí, Jesús

Ahora, el Faraón Nechao, repito, fue derrotado en la batalla de Carchemis, por Nabucodonosor, el monarca Babilonio, en 605 a. C., y Joacim así llegó a ser un vasallo para Babilonia. Un títere, por lo tanto, de las fuerzas gobernantes, a la vez de las del occidente y del oriente, así Joacim comenzó a permitir las antiguas prácticas paganas, estableciéndolas de nuevo en el Templo. También comenzó a jugar política con la esperanza de una sublevación exitosa contra Babilonia, y Jeremías ahora vio, que el tiempo había llegado para una renovación de su papel como profeta de Dios. Por ello, de repente apareció en la entrada del Templo, y comenzó a predicar contra las ofrendas para los Baalim y las injusticias sociales, que prevalecían en el país. Jeremías ahora se encontraba en la quinta década de su vida, mayor y más maduro de lo que era, cuando había iniciado su misión profética. Su razonamiento ahora poseyó una fuerza impactante de expresión:  

Oid palabra de Jehová, todo Judá, los que entráis por estas puertas para adorar al Señor. Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: Mejorad vuestros caminos y vuestras obras, y os haré morar en este lugar. No fiéis en palabras de mentira, diciendo: Templo del Señor, templo del Señor, templo del Señor es éste. Mas si mejorareis cumplidamente vuestros caminos y vuestras obras; si con exactitud hiciereis derecho entre el hombre y su prójimo, Ni oprimiereis al peregrino, al huérfano, y a la viuda, ni en este lugar derramareis la sangre inocente, ni anduviereis en pos de dioses ajenos para mal vuestro; Os haré morar en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres para siempre.

 

He aquí vosotros os confiáis en palabras de mentira, que no aprovechan. ¿Hurtando, matando, y adulterando, y jurando falso, é incensando a Baal, y andando tras dioses extraños que no conocisteis, Vendréis y os pondréis delante de mí en esta casa sobre la cual es invocado mi nombre, y diréis: Librados somos: para hacer todas estas abominaciones? ¿Es cueva de ladrones delante de vuestros ojos esta casa, sobre la cual es invocado mi nombre? He aquí que también yo veo, dice el Señor. Haré también a esta casa sobre la cual es invocado mi nombre, en la que vosotros confiáis, y a este lugar que di a vosotros y a vuestros padres, como hice a Silo: Que os echaré de mi presencia como eché a todos vuestros hermanos, a toda la generación de Ephraim.

(Jeremías 7:2–11, 14–15)

 Ahora, el efecto de éstas palabras sobre el pueblo fue electrizante. En lugar de tomar sus palabras a pecho para su salvación, a la vez material y espiritual, una multitud de gente, dirigidos por sacerdotes y profetas, le aprehendieron. Un tumulto estalló en el área del Templo, que solamente se tranquilizó, cuando Joacim y sus cortesanos se apresuraban hacia la nueva entrada al Templo y tomaban asiento allá, porque esta fue la acostumbrada corte de justicia en esa época. Se dio inicio a un juicio, y el vocero para los sacerdotes exigió la muerte de Jeremías, basándose en su invectiva contra el Santo Templo de Dios. En su propia defensa, Jeremías, con la valentía, con la que había sido dotado por su absoluta fe en el Señor, se levantó para hablar ante los príncipes jueces y la gente, que se encontraban reunidos en el portal, y exclamó, con poder y certeza:  

El Señor me envió a que profetizase contra esta casa y contra esta ciudad, todas las palabras que habéis oído. Y ahora, mejorad vuestros caminos y vuestras obras, y oid la voz de Jehová vuestro Dios, y arrepentiráse Jehová del mal que ha hablado contra vosotros. En lo que a mí toca, he aquí estoy en vuestras manos: haced de mí como mejor y más recto os pareciere. Mas sabed de cierto que, si me matareis, sangre inocente echaréis sobre vosotros, y sobre esta ciudad, y sobre sus moradores: porque en verdad Jehová me envió a vosotros para que dijese todas estas palabras en vuestros oídos.

(Jeremías 26:12–15)

 Algunos de los príncipes y del pueblo estaban de acuerdo con la apelación de Jeremías, uno entre aquellos del palacio siendo Ahicam ben Saphán; es decir, el hijo del reverenciado y estudiado escriba Saphán ben Azalías, que fue uno de los autores del Libro de Deuteronomio, y un inquebrantable seguidor, por ello, de los grandes sermones de Jeremías. Fue él quien, en realidad, leyó el Libro de Deuteronomio para el Rey Josías, y quien con Ahicam fue donde la profetisa Hulda por su interpretación; y fue él quien recordó al pueblo, los sacerdotes y los falso profetas en el juicio, que Miqueas, el profeta, como he mostrado con anterioridad, había profetizado la destrucción del Templo, y no había sido castigado. Ahicam ben Saphán y Achbor ben Micaías, y unos otros ancianos del palacio, asociados con la reforma de Josías, ganaron el día para Jeremías, y él fue puesto en libertad.

A pesar de ello, el Rey Joacim tomó venganza con otro profeta, Urías ben Semaías, de Kiryat Jearim que, como Jeremías, pronosticó que el desastre caería sobre la ciudad, a menos que el pueblo se arrepintiese. Los sacerdotes y falsos profetas decidieron, constituir un ejemplo con él, ya que Jeremías había sido liberado en un juicio público. Y en vista que él había sido alertado del mal humor del rey y del sacerdocio, huyó a Egipto para escaparse de su ira. El rey, por lo tanto, lo rastreó en Egipto, y él fue llevado de vuelta, vivo, a Joacim, dónde fue muerto por la espada en presencia del rey.

Sin embargo, un precedente había sido establecido por Jeremías: Que profecías contra el Templo por iniquidades forjadas en el mismo, no eran castigables por la muerte en un juicio público.

Jesús de la Biblia
y
Maestro de los Cielos Celestiales

 

 


 

 

46: La concepción de Jeremías de un mundo moral

 

Recibido el 22 de Julio de 1960

Yo estoy aquí, Jesús

Jeremías y todas las personas interesadas en la conservación de los rituales purificados de Jehová, y de la atmósfera de una mejor conducta ética entre el pueblo, estaban amargados, cuando vieron a Joacim, tratando de deshacer las grandes reformas de su padre, Josías. Imbuido de su espíritu de confianza en el Padre, como lo he señalado en sermones anteriores sobre el mismo profeta, Jeremías no temía la hostilidad del rey, y se expresó contra él atrevidamente, declarando que Joacim moriría como un perro, y sin entierro:  

¿No comió y bebió tu padre, é hizo juicio y justicia, y entonces le fue bien? Él juzgó la causa del afligido y del menesteroso, y entonces estuvo bien. ¿No es esto conocerme a mí? dice Jehová. Mas tus ojos y tu corazón no son sino a tu avaricia, y a derramar la sangre inocente, y a opresión, y a hacer agravio. Por tanto así ha dicho Jehová, de Joacim hijo de Josías, rey de Judá: No lo llorarán, diciendo: ¡Ay hermano mío! y ¡ay hermana! ni lo lamentarán, diciendo: ¡Ay señor! ¡ay su grandeza! En sepultura de asno será enterrado, arrastrándole y echándole fuera de las puertas de Jerusalén.

(Jeremías 22:15-19)

Ahora, deseo aclarar que Jeremías pensó, que la destrucción de Jerusalén era inminente, porque con la derrota de Nechao por Nabucodonosor, los Babilonios podían venir para atacar Jerusalén sin ningún ejército Egipcio en sus flancos. Pero no se desarrolló una agresión directa, por la razón, de que ningunas tropas Hebreas habían sido enviadas para luchar lado a lado con Egipto contra los Babilonios, porque esta clase de política no podía servir para una tierra, cuyo rey había sido asesinado por un faraón Egipcio. Sin embargo, Jeremías estaba convencido de que, a pesar de los retrasos y aplazamientos, el día de ajustar cuentas tenía que alborear en la plenitud del tiempo de Dios. Joacim murió en 597a. C., o alrededor del tiempo, cuando el primer sitio de Jerusalén se inició. Murió joven, con 36 años de edad, ciertamente sin cantos ni lloros por la vasta mayoría del pueblo, y los otros, los sumos sacerdotes y los falsos profetas, y también algunos de los aristócratas, eran demasiado prácticos e indiferentes, para derramar lágrimas sobre él. Aquella parte de la profecía de Jeremías, con referencia a él, era correcta, pero el hecho es, que él se lo arregló morir justo a tiempo, para ser sepultado con sus ancestros reales.

Jeremías pensaba en Dios como el moldeador de pueblos y eventos, para moldearlos y adaptarlos, como las circunstancias lo exigían. A través de su contacto con el mundo de los espíritus, percibió: "Levántate, y vete a casa del alfarero, y allí te haré oír mis palabras." (Jeremías 18:2) Lo hizo, y se fijó en el artesano, trabajando en un aparato para producir vasijas, llamado torno de alfarero, en un puesto en el mercado de Jerusalén. Vio como se formaban recipientes de aspecto hermoso, pero a veces la vasija se dañaba durante el proceso. Sin embargo, el alfarero volvía a formar las vasijas, más hermosas que antes, de la misma arcilla.

Entonces, el sermón de Dios vino a Jeremías: "¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel, dice el Señor? He aquí que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano, oh casa de Israel." (Jeremías 18-6).

Así Dios podía arrancar o destruir un reino o una nación, cuando era mal, pero si se arrepentían de su maldad, Dios podía deshacer el trabajo de destrucción, y reparar y reconstruir. En resumen, el trabajo de Dios, reconstruyendo y componiendo tanto las naciones, como los individuos, estaba entrelazado con propósitos y acciones morales.

En esta conexión, uno de los significados del pasaje citado en Jeremías, 22: 15-16 es importante, y parece haber sido pasado por alto por los comentaristas. Aquí está la aseveración para el efecto, de que no se debe buscar la prosperidad material, al cumplir con la Voluntad del Padre. Si un hombre cumple con la Voluntad del Padre, y trata a las personas con justicia y rectitud, "¿no es esto conocerme a mí?, dijo Dios, a través de la perspicacia espiritual de Jeremías. En cuanto a Josías, "le fue bien" no significaba bienestar físico o material, ya que Josías murió a manos de un asesino. Es el bienestar de una persona en la vista de Dios, significa el bienestar del alma de un hombre, y la felicidad de su vida después de la muerte, en el mundo de los espíritus, pese a su buena suerte o vicisitudes en la tierra. Jeremías no se expresó claramente aquí, aún cuando él entendió, que una alma tiene que encarar un juicio de alguna manera después de la muerte; porque como profeta, él estaba en contra de informar ninguna concepción de un mundo después de la muerte a sus compatriotas, ya que sintió que el hombre, en su ambiente mortal, debía superar el mal y hacer la Voluntad de Dios, y andar en la senda de la rectitud en la tierra. Así, no hizo ninguna referencia a un periodo de remordimiento de una alma en el mundo de los espíritus, para expiar los pecados, sino que informa, como Joacim, con el tiempo, fue arrebatado de su trono y murió, antes de que terminara una duración normal de vida.

Joacim, dije, volvió a las abominaciones de Manasés y Amón. Jeremías hablaba en las entradas al Templo, y en un lugar llamado Topheth, en el valle de Hinnom, para protestar contra los ritos y ofrendas a dioses paganos, y las prácticas de sacrificios humanos para Moloch, como las mencioné, y sus sermones llegaban a ser cada vez más eficaces y violentos. Pronosticaba que, como Topheth era un lugar de matanza, así lo sería Jerusalén, con los cadáveres del pueblo, sirviendo de alimento para los animales y los carroñeros, e incluía las casas de los reyes de Jerusalén. Y en una ocasión, cuando regresó de Topheth de un sermón allí, y se dirigió hacia la corte del Templo, pronosticando la destrucción sobre la ciudad, Pashur , el hijo de Immer, el sacerdote, y jefe de la seguridad del Templo, golpeó a Jeremías en la cara, y sus guardias aprehendieron a Jeremías, poniéndole en la picota del Templo, en la puerta norteña de Benjamín, dónde languideció hasta la siguiente mañana. Esto fue un castigo serio, por la tensión y posición antinatural del cuerpo, y la inmovilidad forzada, y para un hombre de casi cincuenta años, una amenaza para su salud.

Adicionalmente, este castigo convertía a la víctima en un espectáculo, para que el público se riera de ella, se burlara, un público, entre el que había muchas personas hostiles a Jeremías, especialmente los falsos profetas. Cuando fue liberado al siguiente día por Pashur, Jeremías lanzó una severa diatriba contra el oficial del Templo, pronosticando su cautiverio y muerte en Babilonia.

Jesús de la Biblia
y
Maestro de los Cielos Celestiales

 

 


 

 

47: El ardor en el corazón del profeta

 

Recibido el 24 de Julio de 1960

Yo estoy aquí, Jesús

Fue por esta experiencia, que Jeremías emergió con una cercanía a Dios, como nunca la había percibido antes, donde sintió un fuego ardiente en su corazón, que le impidió ser presionado para que se callara, a fin de evitar persecución. A través del contacto directo de su corazón con Dios, él se dio cuenta, de que debía continuar exclamando, porque esa era la Voluntad de Dios:  

[...] la palabra de Jehová me ha sido para afrenta y escarnio cada día. Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre: empero fue en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos, trabajé por sufrirlo, y no pude.

(Jeremías 20:8–9).

 Este fuego ardiente en el corazón de Jeremías presagió un avance en la cercanía de Dios para el hombre, como nunca antes la había sido experimentada por un ser humano — al menos, no entre los profetas Hebreos, cuya relación con Dios no podía ser igualada o superada en su conocimiento del Padre. La voluntad del Padre les había sido comunicada, a Amós, Oseas, Miqueas, Isaías, Sofonías, Habacuc, a través de una voz interior, o una visión, pero ahora se hizo sentir a través de una agitación, un tumulto en el corazón como un fuego ardiente. Si una voz interior o una visión podía desatenderse, los violentos sentimientos en el corazón eran una realidad de semejantes proporciones y de tal naturaleza, que Jeremías conocía en su alma, que aquí estaba la Presencia de Dios, manifestándose a través del ardor en el corazón.

Fue esta experiencia de Jeremías, que me enseñó, bajo la Tutela de Dios, que Dios podía entrar en el alma humana — y tomar posesión de ella. En Jeremías, esa Presencia del Padre era Su Voluntad, acompañada por un abrumador sentido de rectitud, que combatía los malos pensamientos en su mente, de guardar silencio ante la maldad. Pero no fue la mente de Jeremías, que se trastornaba — fue su corazón, que reaccionaba a la Presencia del Padre, entristeciendo su alma ante los indignos pensamientos de silencio en la mente. Una vez que la determinación para guardar silencio había sido desterrada, el fuego violento del corazón acababa de molestar al profeta, y él se tranquilizó, y la Voluntad de Dios no había sido embaucada. Permaneció encima de todo en su mente y corazón, y le dio a Jeremías más valentía y resolución que nunca antes.

Así sucedió, que la Presencia de Dios en Jeremías como Voluntad, como un fuego en el corazón, fue un presagio, que me mostró, que el ardor en mi propio corazón, que podía sentir desde mi más tierna infancia, era el Amor Divino del Padre, la Presencia y Naturaleza Misma de Dios. Y cuando hablé con los fugitivos en Emaús, y revelé mi presencia a ellos, y expliqué, como lo había hecho muchas veces, la disponibilidad del Amor del Padre, ellos exclamaron: "¿No ardía nuestro corazón en nosotros [...]?" Porque con el ardor en el corazón, había venido a ellos el Amor Divino, como 600 años antes de ellos, había venido a Jeremías el corazón ardiente de la Voluntad del Padre por la rectitud.

Jesús de la Biblia
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Maestro de los Cielos Celestiales

 

 


 

 

48: Baruch y el libro del profeta

 

Recibido el 25 de Julio de 1960

Yo estoy aquí, Jesús

En el año de la derrota de Egipto en Carchemis, 605 a. C., cuando Joacim se dio cuenta, de que su nuevo señor sería Babilonia, Baruch ben Nerías llegó a ser un escriba para Jeremías. Comenzó a plasmar sermones por escrito, los que el profeta pronunció, para que el pueblo se apartara del mal en su comportamiento. El siguiente año, Jeremías recibió la instrucción espiritual, para escribir un rollo, que traería al pueblo de Judá las cosas, que él había sido mandado a escribirlas, a través de su cercanía con Dios, y esto se realizó. Pues Jeremías oyó la voz espiritual, como de Dios, diciendo: "Quizá oirá la casa de Judá todo el mal que yo pienso hacerles, para avolverse cada uno de su mal camino, y yo perdonaré su maldad y su pecado." (Jeremías 36:3)

El Libro de Jeremías era, por tanto, la obra de un dictado, que Baruch había iniciado a escribir. Ahora, en ese momento, a Jeremías se le había prohibido, por un decreto del Templo, entregar sermones en la Casa del Señor, por los disturbios, que su lectura de los sermones producía allí entre los oyentes. La idea era, leer el libro, o porciones del mismo, en un día de expiación, cuando estaba prescrito el ayuno, para que la gente tuviese un fresco recordatorio de los pecados de Judá, y así intensificar la apelación, para regresar a la rectitud y el culto de Jehová. Este libro tomaba considerable tiempo para escribirlo y redactarlo, y sólo en el siguiente año, 604 a. C., estaba listo para su lectura. En aquellos días, varios días de fiesta podían designarse durante el año, en lugar de un solo día fijo, Yom Kippur, de épocas posteriores, y el más cercano era un día de invierno. Las Escrituras nos cuentan, que era el noveno mes, un conteo diferente del Calendario Hebreo posterior.

Todo el pueblo venía de Judá, y también de Jerusalén, como solía suceder en la Pascua, que Josías había instituido, y oyeron el contenido del libro de Jeremías, cuando Baruch ben Nerías lo leía para ellos, en la cámara de Gemarías, uno de los hijos de Saphán el Escriba, en la entrada de la nueva puerta al Templo. El libro mismo no era muy largo, menos de la mitad, de lo que es hoy, en vista que había muchas adiciones, no solamente por Baruch mismo, sino por otras personas, y provocaba una fuerte impresión en todos, especialmente en los funcionarios y ancianos, y también en los publicanos de Jerusalén. Miqueas, el hijo de Gemarías, había reportado el contenido del libro a los príncipes, (Elishama el escriba de la simiente real, Delaías ben Semaías, Elnatán ben Achbor, Gemarías ben Saphán, y Sedequías ben Hananías entre otros). Ellos mandaron a Jehudi ben Netanías a Baruch, para que leyera la obra para los príncipes de Judá. Las denuncias sobre el pueblo y el país, debido a abominaciones rituales, y una conducta en violación de los Diez Mandamientos y del Deuteronomio, llenaban a estos hombres de trepidación, y su conclusión era, informarlo a Joacim, el Rey. Le aconsejaron a Baruch, para que se escondiese con Jeremías, por miedo que la ira de Joacim buscara venganza con el autor y su escriba. Jehudi leyó el libro de Jeremías para el Rey, que con su cortaplumas ferozmente cortó los rollos, y los botó al fuego del brasero, que ardía para mantener cómodo al rey en aquel día de invierno. Y así, después de escuchar las palabras de Jeremías, el rey las quemó en furia, a pesar de las súplicas de Elnatán y Delaías, por conservar los rollos. En realidad, Joacim le ordenó a Terahmeel, uno de sus hijos, y dos oficiales (Seraías ben Azriel y Selinaías ben Abdul), para arrestar a Baruch, el escriba, y a Jeremías, el profeta. Pero ellos se habían refugiado fuera de la ciudad, más allá del Monte de Olivos y, como el Antiguo Testamento dice: "mas el Señor los escondió."

Jesús de la Biblia
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Maestro de los Cielos Celestiales

 

 


 

 

49: Jeremías ataca daños sociales en Judea

 

Recibido el 29 de Julio de 1960

Yo estoy aquí, Jesús

Pero como he señalado, semejante derrota no pudo disuadir a Jeremías de su propósito, ya que conocía, que Dios estaba con él. Así le dictó otro libro a Baruch. Y en lo relacionado con Joacim, Jeremías pronunció su profecía de muerte del rey, y deshonra para su cuerpo que, como señalé, casi ocurrió, pero realmente no sucedió. Tampoco Jeremías pronosticó acertadamente, que no le seguiría un hijo al trono, porque en 597 a. C., cuando murió, su hijo Joaquim reinó, aunque solamente tres meses. Los Babilonios conquistaron la ciudad y tomaron a Joaquim preso, llevándoselo a Babilonia, dónde murió como anciano. En ese momento, sin embargo, Jeremías dejó de predicar por siete años.

Brevemente antes de la muerte de Joacim, cuando los Babilonios comenzaban su agresión contra Jerusalén, un grupo de Recabitas, cultistas que juraban no beber licor, y que vivían como nómadas en carpas, se refugiaron de la tierra montañosa de Judá, abierta a la devastación de los ejércitos de Nabucodonosor en avance, a la ciudad de Jerusalén, dónde estarían a salvo, mientras la ciudad resistiría el asedio. Esa gente, en su aversión contra bebidas alcohólicas, era así como los Nazareos, que producían a Sansón, en los días de los Jueces, y era muy piadosa en sus creencias y doctrinas. Jeremías se enteró de su llegada, y los llevó al Templo, porque la proscripción contra él había sido levantada, y les dio vino para beber. Pero ellos lo rechazaron, recordando el voto, que habían prometido. En admiración de su fe, Jeremías rompió su silencio, y se sintió conmovido por la voz de Dios, para aclamar:  

Fue firme la palabra de Jonadab hijo de Recab, el cual mandó a sus hijos que no bebiesen vino, y no lo han bebido hasta hoy, por obedecer al mandamiento de su padre; y yo os he hablado a vosotros, madrugando, y hablando, y no me habéis oído. Y envié a vosotros a todos mis siervos los profetas, madrugando y enviándolos a decir: Tornaos ahora cada uno de su mal camino, y enmendad vuestras obras, y no vayáis tras dioses ajenos para servirles, y viviréis en la tierra que di a vosotros y a vuestros padres: mas no inclinasteis vuestro oído, ni me oísteis. Ciertamente los hijos de Jonadab, hijo de Recab, tuvieron por firme el mandamiento que les dio su padre; mas este pueblo no me ha obedecido. Por tanto, así ha dicho Jehová Dios de los ejércitos, Dios de Israel: He aquí traeré yo sobre Judá y sobre todos los moradores de Jerusalén todo el mal que contra ellos he hablado [...]

(Jeremías 35: 14 - 17)

 Y en otros sermones, Jeremías denunció la maldad de los falsos profetas y de los malos sacerdotes, y disputó con un falso profeta. Mientras tanto, Nabucodonosor consolidó su poder e imperio, y en 600 a. C. invadió Siria y Palestina. Todas las pequeñas naciones en aquella zona le reconocieron como su señor, incluyendo Judá, y Joacim depredó el tesoro del Templo, para pagarle tributo. Finalmente, contra el consejo de Jeremías, quien vio en Babilonia la mano de Dios para azotar las de naciones ...:  

Por tanto, así ha dicho Jehová de los ejércitos: Por cuanto no habéis oído mis palabras, he aquí enviaré yo, y tomaré todos los linajes del aquilón, dice Jehová, y a Nabucodonosor rey de Babilonia, mi siervo, y traerélos contra esta tierra, y contra sus moradores, y contra todas estas naciones en derredor; y los destruiré, y pondrélos por escarnio, y por silbo, y en soledades perpetuas.

(Jeremías 25:8–9)

 ... Joacim se rebeló, y murió poco después, y en seguida, Jerusalén fue conquistada por el poderoso imperio del norte. Los conquistadores pusieron a Sedequías, un tío, en el trono. Los Babilonios pillaron la ciudad, vaciaron el tesoro del Templo, tomaron todos los objetos de valor, que se encontraban allí, y regresaron a Babilonia con miles de miembros de la alta sociedad, y también artesanos y trabajadores, y hombres aptos para la guerra, la casa real, y los principales hombres del país. Esto fue el primer cautiverio de Judá, y el fin ya estaba a la vista.

Jeremías así vio que, aunque con retraso, sus profecías iban a cumplirse. Por eso predicó vehementemente y con frecuencia, para que no se rebelasen contra los conquistadores, sino que permaneciesen leales a ellos. Sedequías era el hermano Joacim, y tenía 21 años de edad, cuando comenzó a reinar, y reinó once años en Jerusalén. Nabucodonosor había sido aconsejado por sus espías, que Sedequías no había estado activo, fomentando la sublevación contra él, como los hijos de Joacim lo habían hecho, y así le escogió para reinar bajo su soberanía.

Ahora, Sedequías (él había sido llamado Mattanías por su padre) fue presionado tanto por el partido pro Egipto de los sacerdotes y profetas, como por aquellos que, como Jeremías, favorecían la paz con Babilonia. En realidad, el rey tenía gran respeto por Jeremías, con cuyos escritos estaba familiarizado, y al que él había escuchado predicar, y estaba impresionado por el hecho, de que sus profecías de la caída de Jerusalén por Babilonia se habían cumplido. Pero Jerusalén no había sido destruida, y había falsos profetas, que señalaban y afirmaban, que en poco tiempo, los exiliados regresarían de Babilonia. Para que esto ocurriera, por supuesto, había la necesidad de llevar una guerra exitosa, rebelándose contra Babilonia. Y Jeremías conocía de Dios, que semejante sublevación sólo podía terminar con la destrucción de Judá y Jerusalén. Para destacar esto, y para constantemente recordárselo al pueblo, que debía someterse a Babilonia, Jeremías solía llevar un yugo de madera alrededor de su cuello.

La última docena o más de capítulos en el Libro de Jeremías pertenece al reinado de Sedequías, la angustia sufrida por Jeremías por su certeza de la destrucción de Jerusalén, debida a la vacilación, las dudas y la incapacidad del rey, de comprender el mensaje de Jeremías, aunque ese respetó y temió al profeta, que hablaba en el Nombre del Señor. Aquí, también, se encuentra la esperanza, el optimismo, que un remanente permanecería, que, castigado por la experiencia del exilio y la pérdida de la patria, cumpliría con los Mandamientos de Dios con un Nuevo Corazón para conocer a Dios y ser Sus hijos.

Las Escrituras relatan, que uno de los falsos profetas populares de aquel entonces, Hananías ben Azzur, de Gideón, venía a Jerusalén para hablar con los sacerdotes y la gente en el Templo. Eso tuvo lugar en el cuarto año de Sedequías, 593 a. C., en el quinto mes, es decir, en verano. Hananías declaró que Dios había roto el yugo de Babilonia, y en dos años traería de vuelta los tesoros del Templo, y también a la casa real y a todos los prisioneros. Y cuando Jeremías le contestó, que la historia de la profecía era una declaración contra las guerras, y el mal comportamiento, y que representaba la paz, Hananías tomó el yugo de madera del cuello de Jeremías, y lo rompió. Jeremías se dirigió a una herrería, y mandó a fabricar un yugo de hierro, se lo puso en su cuello y, cuando la siguiente vez vio a Hananías en el Templo, replicó:  

Así ha dicho Jehová: Yugos de madera quebraste,

mas en vez de ellos harás yugos de hierro.

Porque así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel:

Yugo de hierro puso sobre el cuello de todas estas gentes,

para que sirvan a Nabucodonosor rey de Babilonia,

y han de servirle; y aun también le he dado las bestias del campo.

Entonces dijo el profeta Jeremías a Hananías profeta:

Ahora oye, Hananías; Jehová no te envió,

y tú has hecho confiar a este pueblo en mentira.

(Jeremías 28:13-15).

 Y él pronosticó la muerte de Hananías en ese mismo año, por predicar rebelión contra Dios, Hananías murió dos meses más tarde. Este relato es verídico, ya que Hananías no tenía la fe, ni la convicción interior, de lo que él estaba diciendo. Él era un hombre de partidos, un político, y hablaba como lo hacía, porque le era provechoso, aunque no se daba cuenta, de que él era sobre todo una herramienta en las manos del partido pro Egipto a lo largo del país. Las palabras de Jeremías le llenaron de terror, porque Jeremías era absolutamente sincero y hablaba del corazón; por eso, sus palabras se aferraron al cerebro de Hananías, y asumieron la forma de verdad, y este ejemplo del poder de la sugestión, aquí en la muerte, como podía suceder para la sanación, muestra la fuerza de las Palabras de Dios. Porque son como fuego y queman en el corazón, y traen valentía insaciable, como también pueden infundir terror en aquellos, que saben que han obrado iniquidad. Dios no quería la muerte de Hananías, sino su arrepentimiento. Sin embargo, la carga de su conciencia le trajo la muerte, como sucedió siglos más tarde con Judas, mi compañero.

Jesús de la Biblia
y
Maestro de los Cielos Celestiales

 

 


 

 

50: La carta de Jeremías para los Judíos en Babilonia

 

Recibido el 5 de Agosto de 1960

Yo estoy aquí, Jesús

Durante nueve largos años, Sedequías adhirió, siempre vacilando, por cierto, a la política de Jeremías, de paz y vasallaje bajo Babilonia. Tanta era la influencia de Jeremías una vez, que el rey envió a dos e sus oficiales, Elasa, el hijo de Saphán, y Gemarías, el hijo de Hilcías (el sacerdote) con una carta para Nabucodonosor, escrito por Jeremías para los cautivos en Babilonia. Esta carta se diseñó para tranquilizar el pueblo allá, para darles confianza, que el Señor estaba con ellos, y que los redimiría en el futuro (70 años), y para que apartasen pensamientos en revuelta, que fueron difundidos por falsos profetas y agitadores. La carta también fue diseñada, para que Nabucodonosor tratara a los Judíos allá con más afabilidad, como un pueblo, que viviría en paz, y contribuiría a la prosperidad del país, como habitantes obedientes de Babilonia. En realidad, aquí están las grandes palabras de sabiduría y amor de Jeremías para su pueblo: 

Edificad casas, y morad;

y plantad huertos, y comed del fruto de ellos;

Casaos, y engendrad hijos é hijas;

dad mujeres a vuestros hijos, y dad maridos a vuestras hijas,

para que paran hijos é hijas;

y multiplicaos ahí, y no os hagáis pocos.

Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice traspasar,

y rogad por ella a Jehová;

porque en su paz tendréis vosotros paz.

(Jeremías 29:5-7)

 La parte asombrosa de la carta es, aparte del punto de vista de la época y del tiempo, cuando fue escrita, que Jeremías dijo al pueblo, que orasen al Dios de Israel en la tierra de Babilonia. Para Ustedes (gente en la actualidad), con una comprensión más profunda de la universalidad de Dios, eso puede tomarse por entendido, pero en aquellos días, la gente adoraba al dios del país. Así lo hacían los Asirios traídos a Samaria en los días de Assur-barn-pal (Enciclopedia Judaica: Rey Ashurnazirpal), renunciando a sus dioses, para adorar a Jehová, el Dios del país. Pero el Señor había sido transportado, por decirlo así, por los Hebreos, del Sinaí hasta Canaán, y en ese momento a Babilonia, donde un gran centro de estudios se desarrolló, como el Talmud Babilonio, el mejor de los dos Talmudes en existencia en la actualidad.

Otro hecho importante con referencia a esta carta, fue el énfasis, no en el éxito político, sino en valores morales; el culto de Dios en justicia y adhesión a Sus Leyes. Pese a quien controlaba la tierra de Israel, era de suprema importancia, para que la gente se dedicara a Dios y a Su Voluntad. Un país, un Templo, sacrificios, todo eso no era importante en la vista de Dios de la nación y del individuo. Lo que importaba, era la fe en Dios como pueblo, y ellos no serían abandonados por Dios. Y, de hecho, el pueblo conoció reuniones religiosas y oraciones, en vez de sacrificios, y logró una nueva perspectiva hacia los Mandamientos de Dios.

Jesús de la Biblia
y
Maestro de los Cielos Celestiales

 

 


 

 

51: Jeremías y la Nueva Alianza

 

Recibido el 7 de Agosto de 1960

Yo estoy aquí, Jesús

Así Jeremías sintió, que una Nueva Alianza en medio de estos cautivos en Babilonia se estaba formando, en donde esa nueva perspicacia en Dios lograría para ellos un "nuevo corazón." Este nuevo corazón era para cada individuo, como ser humano, no sólo como miembro de una colectividad, responsable de sus propias acciones, y entrando en una relación personal con Dios. Porque, Jeremías dijo: 

En aquellos días no dirán más:

Los padres comieron las uvas agraces,

y los dientes de los hijos tienen la dentera.

Sino que cada cual morirá por su maldad;

los dientes de todo hombre que comiere las uvas agraces,

tendrán la dentera.

(Jeremías 31:29–30)

 Este nuevo corazón en el hombre, con la responsabilidad individual como la idea clave, vendría como la comprensión de su falta de observar las Leyes de Dios, y su deseo de acercarse a Dios una vez más. Este arrepentimiento por el mal sería consumado por un regreso de Babilonia a la patria de Judá: "Y harélos volver a la tierra que di a sus padres, y la poseerán", el Señor le dijo a Jeremías a través de su perspicacia. El Señor sanaría las heridas de Israel, y tomaría el pueblo una vez más bajo Su Protección. Jeremías, en resumen, llegó a ser imbuido del conocimiento, de que los cautivos Babilonios guardarían su fe en Dios, y purificarían su andar y sus corazones, regresando a Él, por lo que Dios podía una vez más declarar Su Amor por Su pueblo:  

Así ha dicho Jehová:

Halló gracia en el desierto el pueblo, los que escaparon del cuchillo,

yendo yo para hacer hallar reposo a Israel.

Jehová se manifestó a mí ya mucho tiempo há, diciendo:

Con amor eterno te he amado;

por tanto te soporté con misericordia.

Aun te edificaré, y serás edificada, [...]

Porque habrá día

en que clamarán los guardas en el monte de Ephraim:

Levantaos, y subamos a Sión, a Jehová nuestro Dios.

(Jeremías 31:2–6)

 

La Nueva Alianza del corazón, que Dios celebraría con Israel, no necesitaría instrucción, sino estaría en el alma de cada persona, por lo que conocerían, que el Señor estaba en la naturaleza del hombre. Estas serían las consecuencias del regreso del hombre a Dios, y del Amor de Dios por Sus hijos: 

He aquí que vienen días, dice Jehová,

en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Jacob

y la casa de Judá:

[...] Daré mi ley en sus entrañas,

y escribiréla en sus corazones;

y seré yo a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo.

Y no enseñará más ninguno a su prójimo,

ni ninguno a su hermano, diciendo:

Conoce a Jehová: porque todos me conocerán,

desde el más pequeño de ellos hasta el más grande,

dice Jehová: porque perdonaré la maldad de ellos,

y no me acordaré más de su pecado.

(Jeremías 31:31, 33–34)

 

Ahora si lees las mismas palabras cuidadosamente, verás que el significado es que, con la Nueva Alianza del corazón, no habría más pecados, porque conocer a Dios significa hacer Su Voluntad y obedecer Sus Mandamientos. Aquí, en las palabras de Jeremías, se encuentra la doctrina Cristiana de Gracia, porque enseñé, y Pablo después de mí, que aquel, cuya alma está llena del Amor de Dios, no sufre tentación por el pecado. Jeremías así, a través de Dios, pronosticó un tiempo, cuando el pueblo Hebreo no pecaría, porque la Naturaleza de Dios estaría en sus almas. No dijo, que la Naturaleza de Dios era el Amor Divino, porque él no tenía ningún conocimiento del Amor Divino, pero tenía una tremenda intuición, se podría decir, una percepción como a través de un velo, que esto era así, porque los capítulos 30 y 31 de Jeremías están llenos de emoción interna, como difunde, en términos líricos, el Amor y la Misericordia, que Dios tiene por Su pueblo, cuyas heridas él vendará, y al que conducirá de regreso a su patria, con felicidad y regocijándose. Porque dice el Señor: "[...] porque soy a Israel por padre, y Ephraim es mi primogénito." (Jeremías 31:9)

La Nueva Alianza entre Judá y Dios ya no sería más la señal externa de la Antigua Alianza, la circuncisión, sino que ahora sería la relación personal entre Dios y el hombre. Mis seguidores utilizaban esto para destacar la "circuncisión del corazón," eliminando las impurezas del corazón, como la Antigua Alianza preveía la eliminación de las impurezas del prepucio. Jeremías esperaba, que esta Nueva Alianza tuviese lugar con el regreso de los cautivos a Jerusalén, lo que pensaba sucedería dentro de más o menos setenta años, o cerca de 525 a. C., aproximadamente dicho, pero luego era incapaz de ver el período de cerca de quinientos cincuenta años, cubriendo el espacio del Segundo Templo hasta mi aparición en Palestina.

Jesús de la Biblia
y
Maestro de los Cielos Celestiales

 

 


 

 

52: Las tribulaciones de Jeremías como profeta anti-guerra

 

Recibido el 12 de Agosto de 1960

Yo estoy aquí, Jesús

Mientras tanto, desde 597 a. C., Sedequías continuó con su rumbo vacilante de vasallaje a Babilonia, a pesar de la oposición de muchos de sus consejeros y príncipes de la casa real de Judá, pero cuando el Faraón Hophra de Egipto entró en Palestina, para llevar la guerra contra Babilonia, él se dejó persuadir a aliarse con él. En el décimo mes, Nabucodonosor comenzó con el asedio de Jerusalén, entonces lo levantó temporalmente, para enfrentarse a Hophra. El pueblo se regocijó, pensando que el peligro había sido desviado, y que serían libres, pero Jeremías, con su confianza inquebrantable, en que los Babilonios eran el azote de Dios, declaró que ellos regresarían y conquistarían Jerusalén. (Jeremías 37:5–9)

Cuando los Babilonios alzaron el campamento para ir al encuentro del ejército Egipcio, Jeremías resolvió salir de Jerusalén, para recibir su lote de terreno en Anathoth que, como he dicho en otra parte, había comprado de su sobrino. Fue arrestado en la puerta de Benjamín, como desertor para el enemigo. Aunque Jeremías protestó, declarando su inocencia, fue llevado ante ciertos de los príncipes, que apoyaban la acusación, ellos ordenaron flagelarle y le botaron en un calabozo debajo la casa de Jonatán, el escriba. Allí le detuvieron durante muchos días, mientras los Babilonios, que entretanto habían repulsado a los Egipcios, regresaban, como Jeremías había predicho, y comenzaron a sitiar la ciudad seriamente.

Sedequías, consciente de que Jeremías había profetizado acertadamente, decidió preguntarle, cuál sería el resultado del sitio, y mandó traerle de la mazmorra, para interrogarle a solas: "¿Hay palabra del Señor?" Jeremías sólo pudo repetir sus admoniciones para la sumisión bajo Babilonia, y señaló, que sus profecías provenían de Dios, y que él no había pecado de ninguna manera, para meterle en el calabozo. Le rogó al rey, para que no mandase de vuelta a la terrible mazmorra, o moriría allí. El rey tuvo misericordia con el anciano, y ordenó que le trasladasen a una prisión más tolerable, llamada el patio de los guardias, con provisiones de una barra de pan diariamente, mientras hubiese alimento disponible en Jerusalén.

No voy a pasar el tiempo, enfocando las vicisitudes y la penuria, que Jeremías sufrió durante ese tiempo, ni menos, porque ese es un tema, que solo produce pena, tampoco Jeremías mismo desea, que se explaye sobre esas cosas; sólo demuestran, que los voceros de Dios, como otros profetas antes de él, y también después, tenían que pagar por su misión al pueblo, por aquellos que encontraban la Voluntad de Dios no a su agrado, y en contra de sus deseos del plano terrenal. Estos príncipes eran de la casta militar, y opinaban también, que Dios no permitiría, que Su ciudad sagrada fuese conquistada.

En resumen, Jeremías fue acusado de traición, por predicar sumisión bajo Babilonia, y cuando Sedequías alzó sus manos, diciendo: "Helo ahí, en vuestras manos está; que el rey no podrá contra vosotros nada", bajaron a Jeremías con sogas en un pozo, que se encontraba en el patio, y el profeta se hundió en el fango de su tumba, abandonado para morir de hambre y desabrigo. Fue rescatado por un negro, Ebed-Melec, de Etiopía, un oficial de la casa real, quien protestó ante el rey, que habían hecho "mal" al profeta. Sedequías, que no podía controlar a sus primos u otros miembros de su familia, que estaban con él, tampoco no tenía ningún deseo de ser responsable de la muerte de Jeremías, y ordenó a Ebed-Melec, que tomase treinta hombres, y le rescatase. El Libro de Jeremías relata la amabilidad del negro hacia el profeta, aprovisionándolo de trapos desgastados y paños, para colocarlos bajo los sobacos de sus brazos, para que las sogas no cortaran su piel, en el proceso de jalarle para arriba.

Sin embargo, Sedequías tenía miedo a los príncipes que le rodeaban. Hablé con Sedequías, y me dice que tenía miedo, que le asesinarían, si se entregase a los Babilonios. No tenía otra opción que continuar con la defensa de Jerusalén, y depender de la merced de Nabucodonosor, y dice que, considerando que el sitio duraba dos años, y le costaba al conquistador muchos miles de vidas de sus soldados, él salió sin demasiada severidad. Aunque le fueron arrancados los ojos con fierros, y le mandaron en cadenas a la prisión, le permitieron seguir con vida, y no sufrió una muerte violenta. Hablé con Nabucodonosor sobre Sedequías y el sitio de Jerusalén, y él me dice, que estaba enterado todo el tiempo, de que el enemigo principal era Egipto, y que la sublevación de Judá no constituía una seria amenaza para su reino, se trataba sólo de un diminuto puesto avanzado, pero opinaba que, metiendo candela a la ciudad y deportando a la mayoría del pueblo a Babilonia, fungiría como ejemplo disuasivo contra otras posibles sublevaciones. Al mismo tiempo, expresó asombro frente a la tenacidad y el fanatismo demostrado por los soldados Judíos.

La ciudad cayó en el noveno días del mes Ab, 586 a. C., la ciudad estaba en llamas, el Templo fue destruido, y el rey y los nobles, que intentaban escaparse, fueron capturados en las planicies de Jericó, y arrastrados hacia el cuartel general de Nabucodonosor en Ribla, donde el monarca enjuició a los rebeldes. Los hijos de Sedequías fueron muertos ante sus ojos, y la nobleza de la misma manera. La mayor parte de los sobrevivientes del asedio, y los habitantes rurales fueron encaminados hacia Babilonia como cautivos, para tratarlos como un pueblo esclavizado. Sólo a los más pobres de las áreas rurales, se les permitió permanecer en sus granjas y viñedos, para que el país no se convirtiera en un desierto.

Jeremías fue rescatado de su prisión en el patio de la guardia por Nebuzaradán, capitán de la guardia Babilonia, y llevado a Rama, con muchos otros cautivos, pero Nabucodonosor dio órdenes para liberarle, y le ofreció la opción de unirse al pueblo y marcharse a Babilonia, o permanecer en Judá. Jeremías escogió quedarse atrás, y se le mandó a vivir con Gedalías, hijo de Ahikam, quien había salvado la vida del profeta en su juicio ante los príncipes. Gedalías, descendiente de la Casa Real de David, había sido nombrado gobernador de Judá por Nabucodonosor, porque había compartido la actitud de Jeremías, que era mejor someterse a Babilonia en vez de luchar contra ella. En Rosh Hashanah de aquel año, unos pocos príncipes, que habían huido a Moab, regresaron a Mizpa y, en la fiesta de este día santo, mataron a Gedalías con la espada. El principal instigador era Ismael, el hijo de Netanías, de la casa real, y rabiosamente pro Egipto. Porque Gedalías, un buen hombre, no pudo creer las advertencias de Johanán, hijo de Karea, que Ismael u otra persona vendría para matarle en la mesa. El pueblo se entristeció profundamente por la noticia de la muerte de Gedalías, y se instituyó el feriado de ayuno de Gedalías, el día 3 de Tishri, el día siguiendo a Rosh Hashanah.

En las masacres y la confusión siguiendo la muerte de Gedalías, los pocos remanentes habitando en Judá huyeron a Egipto, por miedo a los Babilonios, y llevaron a Jeremías y Baruch consigo, a pesar de su consejo y advertencias. Y bajaron a Egipto, a Taphnes, y allá Jeremías terminó sus días, por una muerte violenta, todavía predicando contra Egipto y el desastre, que se sobrepondría a los que permaneciesen allá.

Jesús de la Biblia
y
Maestro de los Cielos Celestiales

 

 


 

 

53: El ideal democrático de Jeremías

 

Recibido el 1 de Agosto de 1961

Yo estoy aquí, Jesús

Sólo resta contar de los ideales democráticos de Jeremías, que nos asombran uno incluso hasta el presente día. Porque el más importante concepto del profeta, aparte del punto de vista moral y religioso, entra en el marco de los más amplios aspectos de la vida humana, el ideal de democracia e igualdad.

Porque en aquella época (588-587 a. C.), cuando Hophra entró en Palestina, para abrir guerra contra Babilonia, y cuando Sedequías se asoció con Egipto, Nabucodonosor, como dije, se alejó de su asedio de Jerusalén, para enfrentarse con la hueste Egipcia. Durante el asedio, cuando la situación lucía triste, los dueños Judeos de esclavos se dirigían al Templo con el sacrificio de un cordero. Estos dueños de esclavos eran los príncipes de la casa real y otros aristócratas, y gente acaudalada de la región. Liberaron a los esclavos Hebreos, como un apaciguamiento de un Dios, que exigía justicia para Su pueblo, sin consideración de su estatus económico, a fin de ganarse el Auxilio de Dios, para salvar Su ciudad capital de la destrucción.

Pero tan pronto como Nabucodonosor levantó el asedio, para marchar contra los Egipcios, Sedequías y su clase gobernante ya no vieron ningún motivo, por lo que ellos debían adherirse a la alianza así acordada en el santo recinto del Templo, y presionaron a los siervos y siervas de regreso a la esclavitud, por la fuerza de armas y violencia. Esto era una degradación moral en un grado extraordinario, en vista que la liberación había sido proclamada como una medida religiosa, como dije, para obtener el Apoyo de Dios a través de un acto de justicia. Pero tan pronto como los mismos regentes vieron la mano del Señor, al parecer extendida para ampararlos, ellos repudiaron los términos, sobre los que, en sus mentes, el levantamiento del asedio había sido concedido. En resumen, ellos volvieron a regatear con el Señor, y cometieron una ruptura de la fe con Él. Semejante procedimiento desdeñable se merecía una punzante denuncia, y Jeremías exclamó, proclamando la igualdad de los seres humanos y la democracia para todos:  

Así dice Jehová Dios de Israel: [...]Y vosotros os habíais hoy convertido, y hecho lo recto delante de mis ojos, anunciando cada uno libertad a su prójimo; y habíais hecho concierto en mi presencia, en la casa sobre la cual es invocado mi nombre: Pero os habéis vuelto y profanado mi nombre, y habéis tornado a tomar cada uno su siervo y cada uno su sierva, que habíais dejado libres a su voluntad; y los habéis sujetado a seros siervos y siervas. Por tanto, así ha dicho Jehová: Vosotros no me habéis oído en promulgar cada uno libertad a su hermano, y cada uno a su compañero: he aquí que yo os promulgo libertad, dice Jehová, a cuchillo y a pestilencia, y a hambre; y os pondré en remoción a todos los reinos de la tierra.

(Jeremías 34:13–17)

 Estos sermones han tocado solamente unos pocos de los puntos culminantes y episodios de la tempestuosa carrera profética de Jeremías ben Hilcías. En los cuarenta o más años de su predicar y trabajar para la elevación de la moral y ética de su pueblo, había muchas situaciones, con las que él se enfrentó, similares a las que yo tuve que encararme, muchos siglos más tarde. Ambos pronosticamos la destrucción del Templo, y fuimos llevado al juicio o, al menos a una audiencia pública en mi caso, por nuestras declaraciones. Ambos fuimos golpeados, cuando estuvimos bajo arresto, y ambos perdimos nuestra vida mortal, debido a la violencia de los grupos opositores — en ambos casos, el partido de los aristócratas y sacerdotes. En ambos casos favorecimos la paz y sumisión bajo las naciones opresoras de nuestro tiempo, los Babilonios y los Romanos, respectivamente. Jeremías, por supuesto, presenció la última resistencia contra Nabucodonosor, en 586 a. C., y fue testigo de la destrucción del Templo, y de la demolición de los muros de la ciudad, y es posible, que yo habría visto la destrucción de Jerusalén bajo Tito en 70 d. C., si no hubiese sido cortado dos generaciones antes. Y como Jeremías primero profetizó la venida de la Nueva Alianza, así yo fui el primero para llevar aquella Alianza — el Nuevo Nacimiento con la disponibilidad del Amor del Padre — a su cumplimiento, y a la abertura de los Cielos Celestiales, para quienquiera buscase y poseyera ese Amor a través de la oración seria a Dios.

Jesús de la Biblia
y
Maestro de los Cielos Celestiales

 

 


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